lunes, 30 de junio de 2014

         Las esculturas del Partenón de Atenas
                     en el Museo Británico




El gigantesco Museo Británico, el del Louvre de Paris o el berlinés Pergamonmuseum, son frutos de grandes expolios, cuyos botines exhiben orgullosamente sus innumerables salas como muestra de poder y aprecio por la cultura de las naciones europeas que más se han distinguido en la apropiación ilícita de los tesoros artísticos ajenos, una conducta muy parecida a como antaño los salvajes exhibían las cabezas de sus enemigos ensartadas en una pica.

Hay algo de soberbio y lastimoso en ese afán por atesorar y amontonar obras de arte de culturas dispares, a cambio de dejarlas sin sangre en las venas, como animalitos conservados en frascos de formol. Estos enormes almacenes, al igual que sucede en zoológicos y acuarios con los organismos vivos, separan las obras de arte de su hábitat natural, que le dio su razón de ser y las esencias culturales de las que se nutrieron y forman parte inseparable. Su misma enormidad, acompañada de una brutal masificación, los hace ingratos para la visita sosegada del verdadero degustador del arte y suelen ser un castigo tanto para los pies exhaustos de los visitantes como para el paladar, que se empacha pronto de tanta belleza acumulada como la que deberá digerir en tan poco tiempo. Por eso prefiero los museos romanos, más pequeños y mucho mejor vertebrados, porque están dedicados a períodos artísticos concretos o bien sus colecciones aparecen integradas en la suntuosidad arquitectónica y decorativa de los palacios que albergan las piezas, delicadamente escogidas por el buen gusto de las grandes familias principescas, esos apellidos que dieron a la Iglesia papas y cardenales, como ocurre con las galerías Borghese, Colonna, Farnese o Doria Pamphili.


Roma. Galería Palacio Colonna

No obstante, y para mi deleite, me quedo con las iglesias y basílicas romanas, en las que los periodos artísticos aparecen estratificados en el conjunto, como sucede en los yacimientos arqueológicos, pero siempre enraizados en el todo que les da su razón de ser, esa cualidad no racional que permite apreciar el arte verdadero, que no es aprehendido a través del intelecto, sino que exige una donación completa de la percepción, un acto casi reflejo de entrega y adoración en el que participan todos los sentidos de nuestro ser.

He creído conveniente decir lo que antecede para dejar claro que no soy un trota museos y que en las ciudades de mi predilección busco otras cosas antes que el arte encajonado y reducido a mercadería expositiva. Por eso, del Museo Británico londinense solamente me interesaba ver una pequeña parte, que visité dos mañanas seguidas y a primera hora, antes que la invasión de turistas convirtiera la expectación en expiación, el goce en tormento. Como es natural, mis pasos se encaminaron a la Sala Duveen, que alberga la colección del Partenón, construida en 1938 por el arquitecto John Russell Pope, dañada en 1940 por una bomba de aviación en la Segunda Guerra Mundial, posteriormente reconstruida y abierta al público en el año 1962. Ver los mármoles del Partenón era una asignatura pendiente que necesitaba aprobar. Y ya lo he hecho, así que tan contento. Pero, insisto, en cuanto a contemplar la estatuaria clásica, Roma ha sido, es y seguirá siendo mi destino favorito, porque las colecciones de sus museos son, indiscutiblemente, las mejores del mundo con gran diferencia a todas las demás.




La desgraciada historia del más perfecto de todos los templos griegos es una síntesis de la estupidez, el fanatismo ignorante y la barbarie que a lo largo de los siglos ha acompañado a la aventura humana y que encuentra su concreción más flagrante cuando durante una noche de luna llena, la del 26 al 27 de septiembre de 1687, una bomba veneciana logró colarse a través de una abertura en el techo del Partenón y alcanzó la enorme cantidad de pólvora allí almacenada por los turcos. La explosión subsiguiente partió el edificio en dos, casi literalmente. La más perfecta estructura del arte clásico voló en gran parte por los aires. Los venecianos, de acuerdo con las fuentes documentales, estallaron en aplausos. Quien quiera conocer con mayor detalle los pormenores de esta catástrofe para la Historia del Arte podrá satisfacer su curiosidad pulsando aquí.


La historia del traslado de los mutilados mármoles áticos hasta el Museo Británico es bien conocida. Thomas Bruce, que así se llamaba Lord Elgin, fue nombrado embajador de S.M. Británica ante la Sublime Puerta en 1799, nombramiento que le permitió acceder libremente al patrimonio griego, teniendo en cuenta que en aquellas fechas Grecia no existía todavía como país independiente y se hallaba dentro del territorio del Imperio Otomano. Por ello le fue tan fácil realizar dibujos y vaciados de los relieves del Partenón y posteriormente arrancar directamente las metopas, los frisos de la Procesión de las Panateneas, así como las esculturas de los frontones. Como por el Gobierno otomano no fue autorizado para trasladar a Londres el botín del que pensaba apropiarse, Lord Elgin sobornó a los corruptos funcionarios turcos que cerraron los ojos ante el expolio. Durante un año largo sus numerosos operarios desvalijaron el Partenón, parte del pórtico de las Cariátides del Erecteión, fragmentos del friso del antepecho del templo de Atenea Niké, y muchas otras piezas del recinto de la Acrópolis, que fueron embaladas en unas doscientas cajas de madera y bajadas hasta el puerto del Pireo, donde habrían de ser embarcadas rumbo a Inglaterra.


Lord Elgin

Pero aunque inicialmente todo fue tan fácil, las cajas quedaron mucho tiempo aguardando la salida de Atenas, entre otras cosas porque Lord Egin había sido hecho prisionero por las tropas francesas de Napoleón. Finalmente salieron para Londres en navíos de la Armada Británica, aunque no acabaron aquí las desgracias de las piezas expoliadas, porque uno de los barcos que las transportaba se hundió cerca de la isla Cerigo (antigua Cythera). Sólo se pudieron rescatar cuatro cajas y el resto no se pudo recuperar hasta dos años después, que fue el tiempo que estuvieron sumergidas, con lo que eso supuso para su estado de conservación.

Finalmente, en 1807, todas las piezas capturadas por Lord Elgin se reunieron en Londres, en su casa de Park Lane, dando lugar a lo que se llamó el Elgin’s Museum. Algunos años después pasarían al Burlington House, hasta que los mármoles fueron vendidos al Museo Británico en el año 1939, donde permanecen expuestos y constituyen uno de los reclamos turísticos de Londres.

En total, la colección representa más de la mitad de las esculturas decorativas del Partenón: 75 metros de los casi 160 que tenía el friso original; 15 de las 92 metopas; 17 figuras parciales de los pedimentos, así como las otras piezas a las que anteriormente me he referido. Como es sobradamente conocido, existe desde hace años una fuerte controversia ante la reiterada petición del Estado griego de que los mármoles de Elgin sean devueltos a Atenas para ser expuestos en el nuevo Museo de la Acrópolis, en el que una de las plantas está dedicada en exclusiva al Partenón: en ella se ha reservado una sala donde se ubicarían los mármoles robados por lord Elgin en el improbable caso de que fuesen devueltos por el Museo Británico de Londres y en donde actualmente se exponen réplicas de los frisos del templo ateniense.

La Acrópolis de Atenas

El nuevo Museo de la Acrópolis

Como no es mi propósito entrar más detalladamente en esta desagradable cuestión, ajena a los aspectos de carácter estrictamente artísticos que me han llevado a preparar esta nueva entrada de mi Blog, para los que estén interesados en el asunto, referiré que el Museo Británico ha creado una página en su sitio web como respuesta a todos los puntos cuestionados por sus numerosos críticos. La página, que es larga y detallada, puede ser visitada haciendo click aquí. Casi sobra decir que mi opinión no puede ser otra que el Gobierno de Gran Bretaña repare el expolio de un tesoro que legítimamente debe ser custodiado por el pueblo griego, porque es a él y a su gloriosa historia a quien pertenece.

Edificado en la parte más alta de la Acrópolis de Atenas, el Partenón fue construido en la época de Pericles, quien ordenó, con toda lógica, a sus arquitectos que fuese utilizada parte de la colosal cimentación del templo anterior dedicado a la diosa protectora de Atenas, que había sido destruido por los persas, algo más estrecho y largo que el edificio proyectado por Ictino y Kalikrátides, los arquitectos de Pericles, con su obra consiguieron la perfección. Nada puede añadirse en elogio del Partenón y otras obras de la Acrópolis, sino lo que ya dejó escrito Plutarco: “Porque lo que hace más admirables a los edificios construidos por Pericles es que, siendo ejecutados relativamente de prisa, han durado tanto tiempo. Todos ellos, al terminarse, parecían ya antiguos, y, no obstante, su gracia y su vigor es tal, que todavía hoy parecen frescos y acabados de concluir. Tienen como una virtud de florecer con las edades, que impide se conozca en ellos el paso del tiempo. Parece como si cada uno de los edificios construidos por Pericles tuviera dentro un espíritu rejuvenecedor y que su alma siempre joven les conservara con salud eterna”.

El objetivo declarado por Pericles para justificar los gastos que su interés constructivo supuso para las finanzas atenienses era doble: además de educar en la excelencia (la "areté" griega) a los ciudadanos y embellecer Atenas, quería dar con su ciudad un ejemplo a los demás griegos. Pericles no era solo un ateniense, sus miras se extendían más allá de los límites políticos y geográficos de la Ciudad-Estado. Tenía en la mente un imperio ateniense, que debería ser ya un imperio panhelénico. Quería, como dijo en su famosa Oración funeral, que “Atenas fuera la escuela de la Grecia”, la Grecia de la Grecia, porque "ella es la única que es superior todavía a su reputación”. En los tiempos futuros quería “que fuese objeto de admiración del mundo entero...” Como la llamaron sus poetas, “la ciudad como una rueda”, “la ciudad coronada de violetas”.

Pericles. Museo Británico

Llegados a este punto, y sin más preámbulos, ha llegado el momento en el que deberé referirme a la impresionante figura histórica de Fidias, que dominó el arte griego del siglo V, mal conocida y que plantea problemas nunca suficientemente resueltos. Maestro de todas las técnicas, comprendida también la pictórica, Fidias comenzó su carrera antes del año 460 a.J., por lo que cabe afirmar que participó de forma directa en el movimiento renovador que siguió a las guerras médicas. 

La primera obra que, con toda verosimilitud, lleva su impronta, el llamado “Apolo de Cassel” es la imagen más dominadora de este dios juvenil de todo el arte griego. Por la gravedad y la amplitud de la forma ̶ casi en el límite de un exceso de potencia ̶ , por su alta y tranquila nobleza, que le confiere máxima prestancia, pertenece al estilo severo que se abrirá paso en los años siguientes: en el rostro del “Apolo de Cassel”, las inflexiones del modelado, sostenidas por un vigoroso esqueleto, hablan el lenguaje de una renovación de la significación moral de la imagen divina y del lenguaje simbólico de la mitología. Se trata del humanismo griego, del que nacerá la Cultura Occidental, en la que el la inteligencia del hombre se constituirá en medida del universo desplegado, al que Roma prestaría más tarde su más valiosa aportación: el Derecho.        


Cabeza tipo Apolo de Cassel

Apolo de Cassel o Parnopios

La desaparición de la Atenea Partenos y del Zeus de Olimpia, las dos estatuas más determinantes de Fidias, nos priva de los elementos de apreciación mas relevantes, no solo para la obra personal del más grande creador del arte griego, sino para la irradiación de esta obra en su tiempo y más allá. Pero las mediocres copias que nos han llegado bastan para apreciar su voluntad de introducir la actualidad en el mundo de los dioses y de los héroes, que nos lleva a analizar la presencia y la huella del genio de Fidias en la decoración escultórica del Partenón, el más alto exponente de la Grecia Clásica y una de los más grandes obras de la Historia del Arte de todos los tiempos.

Hoy están de tal modo identificadas las estatuas de los frontones del Partenón con el nombre de Fidias que parecería prurito de discutir atribuirlos a sus discípulos. Es probable que Fidias se valiera de sus ayudantes para la decoración del Partenón, pero de Fidias es el plan, la inspiración general y, sobre todo, el estilo. Algo muy grande y muy nuevo aparece en aquellos mármoles. Todas las obras anteriores de las escuelas de escultura del Ática y del Peloponeso pueden considerarse como una preparación para aquel resultado maravilloso. El gran descubrimiento de Dédalo: vida y movimiento allí está en toda su perfección. Las figuras de los frontones no están petrificadas en el acto de andar; se doblan, se pliegan, se codean, se esfuerzan y descansan como seres vivos. Tienen el sople de la vida, algo perceptible incluso en las piezas mutiladas que nos han llegado.




Kloto, Lakesis y Atropos, las Parcas del frontón oriental del Partenón


Demeter, Perséfone e Iris asistiendo al nacimiento de Atenea


Iris, mensajera de los olímpicos 

El llamado "Teseo", posiblemente Dionisos. Frontón occidental del Partenón



Personificación de uno de los ríos de Atenas, posiblemente el Ilisos. Frontón occidental del Partenón

Los hombres y mujeres de los frontones del Partenón no son simples humanos, son héroes o dioses, porque la forma artística así los ha inmortalizado. Sus cuerpos parecen haber bebido y comido el néctar y la ambrosía con que Homero hace rejuvenecer y restaurar sus fuerzas a los olímpicos, heridos delante de los muros de Troya. El cuerpo humano en los mármoles de Fidias ha traspasado los cánones de Policleto y aun los de la misma naturaleza sensible. Aquellos dioses y héroes, por apoteosis de sus caracteres humanos, son lo que llamaríamos superhombres, la imagen de un tipo divino hacia el cual tiende o debería tender la Humanidad, aunque sepa que nunca pueda conseguirlo. No están inmóviles, no se retienen con la parálisis celestial de los bienaventurados en la contemplación del Bien Supremo. No, los olímpicos de Fidias tienen un alma humana en un cuerpo divino, en lugar de tener un alma divina en un cuerpo humano.


Iris. Frontón occidental del Partenón

Hermes, que conduce el carro de Atenea a la Acrópolis 

Los mármoles de los frontones del Partenón hablan de Fidias mejor que cualquier referencia literaria que nos hubiera llegado de su época. No hay duda de que Fidias era amigo íntimo de Pericles y en casa de éste tuvo que encontrarse y conversar a menudo con Anaxágoras, ya que el filósofo vivía instalado como huésped en la casa del gran político ateniense. Anaxágoras estaba convencido de la realidad de la substancia infinita que compone el mundo; lo que llamamos nacimiento y muerte eran para él solamente mezcla y separación. Todo cambia en el Todo, por lo que debe haber una porción del Todo en todas las cosas, las cuales no son otra cosa que las cualidades o esencias que hacen que las cosas sean, no los objetos mismos tal como se presentan a nuestra torpe mirada. 

Esta doctrina es la que parece incorporada en los mármoles de Fidias. Cuerpos y pliegues reflejan cualidades, propiedades de la materia, que no pueden perecer. Los tejidos de lana se desharán, desaparecerán aquellos pliegues separándose sus elementos, pero la propiedad de la lana tejida de plegarse y doblarse de aquel modo nunca pasará. La diferencia entre vida animal y vida vegetal es solo resultado de la estructura de la materia, que confiere, con su composición, más o menos permeabilidad a la activa influencia de la Mente o "Nous", la esencia última que solamente se contiene a sí misma, pero que consiente en dotar a las cosas de ciertas formas privilegiadas. Estas eran las cuestiones que Fidias debió oír a Anaxágoras debatir en casa de Pericles, por lo que es lógico que un reflejo de tales ideas aparezca también en los mármoles del Partenón. No cabe negar que aquellos cuerpos están vivificados por una poderosa fuerza intelectual, que es la mente. No viven abstraídos en su propia forma, sino que son conscientes de comprender el por qué de su existencia individual. En una palabra, son personajes conscientes. 

Cabeza de uno de los caballos del carro de Selene.
Frontón oriental del Partenón




La lógica del pensar, que es el gran don de Atenas a la Humanidad, aparece reflejada de un modo sublime en los mármoles del Partenón. Aquellas formas son esencialmente atenienses y, por tanto, conscientes, intelectuales, provistas de una mentalidad ordenadora. Otras razas, otras culturas se han excedido en sentir, en amar, en gozar; el pecado de los atenienses, si es que lo era, fue pensar con exceso. Asombra que obras tan intelectuales como las esculturas de los frontones del Partenón puedan ser, al mismo tiempo, insuperables creaciones del arte. Nunca, jamás el pensamiento producirá otro tesoro estético semejante

Además de las estatuas que rellenaban la ingrata formas triangular de los frontones, Fidias debió de dirigir también el trabajo de los escultores, ya desiguales en habilidad técnica, que labraron las metopas en las que se representaban las luchas de los centauros contra los lapitas, la Centauromaquia, cuyos dibujos debieron proceder del taller de Fidias. La temática era la glorificación del mito tan ateniense de purificar la Tierra librándola de monstruos y de bárbaros, la grandiosa tarea civilizadora que Pericles había reservado a la democracia ateniense. Las metopas tuvieron que ser colocadas en el Partenón antes de cubrirlo con el tejado y son, forzosamente, de la época en la que Fidias trabajaba en la estatua de la Atenea Partenos para la cella del interior del templo y, como supervisor general del proyecto, tuvieron que contar con su aprobación.




Metopas representando combates entre centauros y lapitas







Debajo del pórtico se desplegaba el friso de las Panateneas. Era la celebración de una fiesta en la que se desarrollaba todo el esplendor cívico en la procesión de ciudadanos que se reunían en el Cerámico para entregar a los sacerdotes del Partenón el velo que habían tejido las doncellas consagradas a Atenea, la diosa protectora de Atenas. De la longitud total del friso, cerca de 160 metros, por un metro de altura, las dos terceras partes están en el Museo Británico y se trata de otra maravilla digna de contemplación. Es una lástima que la luz cenital del museo ilumine la inmensa sala de manera contraria a la que tenía el friso en el templo, en donde estaba debajo de la columnata y las figuras solo recibían la luz que reflejaba el suelo. Al no estar iluminados desde abajo, los relieves escultóricos pierden mucho al ser contemplados o fotografiados.














El friso de las Panateneas podría ser ya obra de los discípulos más directos de Fidias, que agregaron esta cinta de figuras a la decoración del pórtico, por lo que se perciben en el relieve diversos estilos, notándose la influencia de distintos maestros. No truena el dominante espíritu de Fidias, que unifica el conjunto de los frontones. Pero queda el eco de su soberbia grandeza; los paños, sobre todo, no pueden evitarlo: están repitiendo temas de Fidias. Los tejidos de lana fina caen y se derraman sobre los cuerpos como una cascada de ropajes. Igual que en un salto de agua en el riachuelo por donde el líquido se desparrama en mil hilitos que resbalan sobre la roca y después vuelven a reunirse para hacer un borde de espuma en el fondo, así los pliegues de las estatuas del Partenón se ve cómo se unen y desparraman sobre aquellas anatomías divinas. He aquí la fenomenología del No-Ser cubriendo la eternidad del Ser. Los pliegues, sin embargo, tienen su belleza intrínseca; ellos forman también parte del Ser. Todo, al fin y al cabo, cuando está impregnado de belleza, se reduce a lo Eterno.




























Este extraño y sublime desposorio del cuerpo y el ropaje, con la belleza individual de cada uno y con la belleza que es la suma de ambos, es indudablemente el gran triunfo de Fidias. Nunca jamás la Humanidad ha conseguido reunir la insensible materia del tejido y la plasticidad viva del cuerpo con una armonía cuya huella es posible seguir en toda la estatuaria clásica griega y que se prolongará en Roma, encontrando en el friso del Ara Pacis un nuevo y fulgurante hito, aunque impregnado ya del espíritu romano, en el que las glorias de los dioses y héroes pertenecen a una Edad de Oro ya pasada y en el mundo quedan solamente hombres y mujeres a los que los escultores romanos colocan nombres y apellidos propios. Sus figuras pertenecen ya a la Historia. A una Historia que es la nuestra, aunque la hayamos olvidado.

Por más que predicara Anaxágoras que el pensamiento vivifica, en cuanto pasamos revista a muchas obras del panorama artístico contemporáneo, no hace falta demasiada agudeza perceptiva para ver que también descompone y diseca. Acaso, en aquellos días primaverales de la inteligencia lógica, el nous tenía un ímpetu de deseo que podía ordenar sin esterilizar. Composición en el arte de hoy es demasiadas veces contraria a creación...  

Gema Augustea. Una hermosa muestra de la huella de Fidias en la Roma Imperial







lunes, 23 de junio de 2014

                   DE  ESPAÑA INVERTEBRADA
                   A ESPAÑA DESVERTEBRADA

        
          ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?
                                                
                                           Marco Tulio Cicerón


Felipe VI, Rey de España

He llegado a tiempo de Inglaterra para ver, a través de las magníficas imágenes que nos ha ofrecido la televisión, la proclamación de Felipe VI como Rey Constitucional de España. No he podido menos que recordar, con la añoranza que el pasado concede, la proclamación de su padre después del entierro de Franco, sucesos ambos que viví en directo desde las calles de Madrid. No me parece cierto que las circunstancias con las que se encontró el rey Juan Carlos a su llegada fueran peores a las que deberá afrontar ahora su hijo y heredero: hoy el pueblo español en su conjunto es, desde luego, mucho más libre, pero no me cabe duda que también es bastante más incivilizado. Por otra parte, entonces todo eran esperanzas que, podemos constatarlo, en buena parte han resultado fallidas a causa de que nos ha tocado padecer las consecuencias de la peor clase política que cabía esperar, de tal manera que, mayoritariamente, hoy nos sentimos no solamente estafados sino profundamente asqueados y hasta desesperanzados.




En líneas generales, me ha gustado, dentro de lo que cabe, el discurso del nuevo Rey y el toque de humanidad que hemos podido ver en el emocionado homenaje que ha dedicado a su madre, la reina Sofía, una figura siempre ejemplar y digna de la que, según parece, el rey Felipe ha heredado su carácter, tan alejado de la vulgaridad del de su padre, a la que, piadosamente, hemos preferido llamar “casticismo”. Personalmente, poco carisma he visto nunca en la persona de D. Juan Carlos, incapaz de pronunciar tres palabras seguidas bien dichas. Por el contrario, las cualidades ideales que los tratadistas han atribuido al "príncipe" las he visto mejor encarnadas en la reina Sofía, quien, aunque procedente de un país mediterráneo, lleva en su genética y en su carácter la impronta alemana. A la emotividad llorona borbónica y discontínua, prefiero el análisis racional de los hechos y la laboriosidad del trabajo bien hecho. Si, como parece ser, el rey Felipe ha salido a su madre, creo que todos saldremos ganando.




Los gestos populistas tienen su lugar, qué duda cabe, pero para desarrollar la difícil tarea que el nuevo monarca tiene por delante deberá echar mano de su magnífica preparación intelectual y de la inteligencia que no parece faltarle. En cualquier caso, nunca podrá hacer que llueva café, que es lo que, según parece, amplios sectores de la ciudadanía esperan de él, mientras que los profesionales de la algarada y de la descalificación permanente hacia la monarquía, que, ¡oh paradoja!, suelen nutrirse de las ubres de ese mismo Estado que pretenden destruir, recrudecerán sus ataques, porque creen que ha llegado su momento. El otoño va a ser terrible y como el PSOE se escore hacia la demagogia de Podemos, me temo que habremos de sortear borrascas y hasta ciclones. Y de don Rajoy no me fío ni lo más mínimo como capitán de la nave, pese a que Galicia sea la cuna de tantos buenos marinos.




Me ha gustado sobre todo la valentía personal que ha demostrado, a pesar de los evidentes riesgos, que el rey Felipe eligiera un coche descubierto para recorrer el largo trayecto que va desde el edificio del Congreso, en la Carrera de San Jerónimo, al Palacio de Oriente. Afortunadamente, una vez más, el pueblo de Madrid, punto de encuentro y espejo de las Españas, ha sabido estar a la altura de las circunstancias y con su numerosa presencia ha ratificado cívicamente la indudable legitimidad del nuevo monarca, a quien le deseo lo mejor, para bien de mí mismo y para bien de todos. Los representantes del republicanismo populista se han mostrado una vez más como lo que verdaderamente son: la vanguardia de una chusma que busca destruir lo poco o mucho que tenemos sin aportar como soluciones a los problemas que padecemos más que soflamas casposas, demagogia totalitaria, ruido y furia. Por eso, no nos cabe otra opción que la de apoyar y defender a quien desde hoy ocupa la Jefatura del Estado, ya que la Corona es el único símbolo visible de la unidad nacional que nos han dejado a los españoles la mala gestión de una clase política tan incompetente, cobarde y tribal que se ha mostrado incapaz durante casi cuatro décadas de consensuar una letra para el himno nacional, un caso tan simbólico como único en la Historia, hasta donde yo sé.


¿Qué buen vasallo si hubiese buen señor...!

Como ha escrito Santos Juliá, “nada se puede objetar a la legitimidad de una movilización por la República, pero no deja de suscitar cierta melancolía que a su cabeza se encuentren los herederos de quienes en los años sesenta del pasado siglo enseñaron a jóvenes desorientados que el problema no era Monarquía o República, sino democracia o dictadura. Hoy, como ya no hay dictadura, pero como volvemos a saborear el placer intelectual y el potencial movilizador de las claridades dicotómicas, el dilema vuelve a enunciarse, por quienes inventan una tradición republicana de la que se apropian ochenta y cuatro años después de haberla despreciado y combatido, como Monarquía o democracia. Con lo cual, limpios de polvo y paja, volvemos a 1930 sin que aquí haya pasado nada”.

En cuestiones políticas (y en casi todo lo demás) yo practico desde hace muchos años el decir de Machado, "la infinita inocencia que da no creer en nada. En nada". Como decía Ortega, "las ideas se tienen, en las creencias se está", sencillamente porque las primeras son productos del conocimiento reflexivo, mientras que "estar en la creencia" no implica para nada poseer algún tipo de saber susceptible de ser evaluado objetivamente o verificado. Por eso, sin entrar en el creer o no creer en la institución monárquica, considero que aquí y ahora es el mejor blindaje posible para intentar conjurar lo que se nos viene encima.

La razón última de la enfermedad desintegradora que sacude España es el mantenimiento a ultranza de un modelo de Estado inviable, fuente de todo nepotismo y de toda corrupción, impuesto por la nomenclatura de unos partidos en connivencia con las oligarquías financiera y económica, con el poder judicial y con los organismos de control a su servicio. En España no opera en la práctica la separación de poderes, ni la independencia del poder judicial, ni los diputados representan a los ciudadanos, solo a los partidos que los colocan en sus listas cerradas. Esta es la realidad que los partidos políticos se niegan a reconocer y que nos está conduciendo al mayor desastre nacional desde la Guerra Incivil y que la Constitución de 1978 consagró como modelo. Aquí está el germen destructivo del proceso dinámico que entonces se desencadenó: no poner un límite claro y preciso al proceso de descentralización que cristalizó en el llamado Estado de las Autonomías.




Me parece una realidad evidente, que este proceso centrífugo se convirtió muy pronto en un proceso de desintegración, ya que las minorías nacionalistas obtuvieron una parcela de representación y de poder muy superior al que por su cuantía numérica les hubiera correspondido, poder que utilizaron y siguen empleando para desarrollar políticas insolidarias y hasta belicistas con el resto del conjunto nacional. La peor manifestación de este movimiento centrífugo y uniformemente acelerado fue permitir la coexistencia de particularidades educativas que no buscaron otra cosa que afirmar personalidades tribales basadas en los particularismos étnicos, históricos, geográficos y culturales, con muy especial vocación para romper la natural unidad lingüística nacional, basada en los muchos siglos de utilización del español como lengua común y vertebradora de la nación española, así como de la cultura hispánica, una de las pocas que merece en los tratados de Historia el título de universal.

La clase política en su conjunto y los poderes del Estado han preferido soslayar este problema y apostar por su propio y privilegiado mantenimiento de casta dominante, usufructuaria de un poder llamado “democrático”, pero que dejó de serlo desde el mismo momento en que se dedicó a crear más desigualdad y desorden que a fortalecer las estructuras comunes y a resolver los problemas reales de unos súbditos a los que se les llama “ciudadanos” por el mero hecho de votar a cada cuatro años entre galgos y podencos, al fin y al cabo, perros de muy parecida naturaleza y actitud: ocupar la totalidad del poder. Y en esas estamos. Para ellos ya no se trata de construir España como nación, sino apoderarse de las “Españas” dispersas en los feudos territoriales, esos reinos de taifas que permanentemente desafían la autoridad del Estado a lo largo y ancho de nuestra geografía peninsular. Hasta llegar al órdago en toda regla que Artur Mas lidera desde la Generalidad de Cataluña, la estrategia común, envolvente como la de las arañas, se ha cifrado más en acosar al Estado por vías indirectas que en el ataque directo, en controlar (como sea y con quien sea) las Autonomías, para desde ellas vaciar de contenido el poder del Estado central, aunque eso suponga la disolución de España como referente de nación o sociedad vertebrada dentro de la Unión Europea.






Después de todo lo dicho, cabe afirmar que plantear ahora como perentorio el falso debate entre Monarquía o República es una maniobra más para desestabilizar al Estado nacional (adjetivo de uso prohibido en la España actual) y provocar su desmoronamiento a través de algaradas callejeras, tal como ocurrió en España a partir de 1931. El mito de las libertades republicanas se lo cargó la propia República el mismo día de su proclamación, cuando su primera decisión fue la de aprobar, con la resistencia de Indalecio Prieto, una Ley de Defensa de la República con carácter de urgencia, refrendada por el Congreso el día 20 de octubre. De este modo, la Constitución republicana nacía ya amputada por una ley arbitraria que vigilaba las libertades en ella estipuladas y que fue la norma jurídica por la que se regirá el país hasta la aprobación de la Constitución de 1931, en la que se reconocían las libertades públicas, pero a continuación se concedía al Gobierno “plenos poderes” para suspenderlas sin intervención judicial, “si la salud de la República, a juicio del Gobierno, lo reclama”.





Así pues, el gobierno republicano no estableció un régimen de libertad general ni de lejos parecido al que hoy disfrutamos con nuestra monarquía, como lo prueba el análisis de las limitaciones al derecho de reunión hacia las diferentes opciones políticas, de forma que los grupos conservadores de signo monárquico y sectores de la izquierda, tales como anarquistas y comunistas, tuvieron serias restricciones para ejercerlo. En esa línea, se toleraron, y no siempre, las reuniones en locales cerrados, quedando prohibido su ejercicio en lugares públicos. Por ejemplo, una manifestación que se organizó a la salida de una reunión que el Partido Comunista de España celebró el 1º de mayo en San Sebastián, fue disuelta contundentemente por la fuerza pública, produciéndose numerosos heridos.

Más significativo aún de cómo iba a abordar el nuevo Gobierno el orden público y la libertad de prensa fue lo que ocurrió en torno a los sucesos que se produjeron en San Sebastián el 28 de mayo. Aquel día unos huelguistas de Pasajes que se dirigían a San Sebastián fueron bloqueados por la Guardia Civil en el puente de Miracruz. Ante la negativa de aquéllos a disolverse, los guardias civiles comenzaron a disparar ocasionado la muerte a ocho personas y más de cincuenta heridos. Ante la magnitud del hecho, el ministro de la Gobernación, Miguel Maura, reunió a todos los directores de periódicos para recordarles “que se hallaban frente a un ministro que disponía de plenos poderes en materia de orden público” (dos semanas antes ya había decretado la suspensión temporal del diario monárquico ABC y del diario católico El Debate, a raíz de los hechos conocidos como la “quema de conventos" para acallar las voces críticas, información que a quien le interese puede ampliar pulsando aquí.


Miguel Maura

Queda puntualizar que estas arbitrariedades tan notorias estaban amparadas legalmente por el artículo 1º de la Ley de Defensa de la República, que en sus apartados establecía y enumeraba una larga serie de conductas que se consideraban “actos de agresión a la República” entre las que se encontraban la “incitación a resistir o a desobedecer las leyes o las disposiciones legítimas de la autoridad” y “la incitación a la comisión de actos de violencia contra personas, cosas o propiedad, por motivos religiosos, políticos o sociales”. Asimismo se consideraban actos de agresión a la República “la difusión de noticias que puedan quebrantar el crédito o perturbar la paz o el orden público”, “toda acción o expresión que redunde en menosprecio de las Instituciones del Estado”, “la apología del régimen monárquico… y el uso del emblema, insignias o distintivos alusivos”, “la suspensión o cesación de industrias o labores de cualquier clase, sin justificación bastante”, “las huelgas no anunciadas con ocho días de anticipación,... las declaradas por motivos que no se relacionen con las condiciones de trabajo y las que no se sometan a un procedimiento de arbitraje o conciliación”, es decir, las huelgas declaradas por motivaciones políticas de manera declarada o encubierta.

De lo dicho se desprende fácilmente que, con las leyes republicanas en la mano, la mayor parte de los actos y manifestaciones convocadas en la España de hoy por los sindicatos, okupas, grupos antisistema de diverso pelaje, partidos independentistas, Izquierda Plural, Podemos y otras agrupaciones de similares características serían ilegales de pleno derecho, incluyendo el hecho innegable de que Artur Mas hace tiempo que habría sido detenido, procesado y condenado por la vulneración flagrante y reiterada del ordenamiento jurídico constitucional, tal como hicieron las autoridades republicanas con Lluís Companys, cuando intentó aprovechar el desbarajuste revolucionario que se materializó en la revolución de Asturias para ponerse al frente de los descontentos y canalizar la situación hacia la independencia de Cataluña, algo que dos años antes había intentado su antecesor en el cargo, Francesc Macià.


Lluis Companys



En la tarde del día 6 de octubre de 1934, en medio de una gran agitación popular, el presidente de la Generalidad proclamó “el Estado catalán dentro de la República Federal Española”. Luego, él y su gobierno, se atrincheraron en el Palacio de la Generalidad. Manuel Azaña, que en aquellos momentos estaba en una especie de medio retiro político, se encontraba en Barcelona y el gobierno de la Generalidad se puso en contacto con él solicitando su apoyo moral, que Azaña le negó.


Manuel Azaña

Proclamación en Barcelona del Estado Catalán

Después de su discurso, Companys comunicó sus propósitos al Capitán General de Cataluña y General en Jefe de la IV División Orgánica, con sede en Barcelona, el general Domingo Batet, catalán de ideas moderadas, pidiéndole que se pusiera a sus órdenes "para servir a la República Federal que acabo de proclamar". El general pidió a Enrique Pérez Farrás, jefe de los Mossos d'Esquadra, que se presentara en la Capitanía para ponerse a sus órdenes. Éste le respondió que solo obedecería al presidente de la Generalidad. Batet habló entonces con el presidente del Consejo de Ministros, Lerroux y, siguiendo sus órdenes, proclamó el Estado de Guerra, aplicando la republicana Ley de Orden Público de 1933.


Tropas de la Cuarta División Orgánica ante la Generalidad de Barcelona


El general republicano Domingo Batet

Ese anochecer se construyeron barricadas, se distribuyeron grupos armados por las calles que prepararon los edificios oficiales para la resistencia. La Generalidad fue defendida por un centenar de mossos d'esquadra dirigidos por Pérez Farrás; la Alianza Obrera ocupó el local de Fomento del Trabajo Nacional, en la Vía Layetana, con unos cuatrocientos hombres, número similar a los partidarios del PSOE que se concentraron en la Casa del Pueblo de la calle Nou de Sant Francesc. También se prepararon grupos armados con fusiles en los locales de La Falç, Nosaltres Sols y el CADCI (Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Indústria) en la Rambla de Santa Mónica. Cerca de las once, una compañía de infantería y una batería del regimiento de artillería llegaron a la Rambla de Santa Mónica y cuando el capitán se dispuso a leer el bando de proclamación del Estado de Guerra, desde el local del CADCI empezaron a disparar, resultando muertos un sargento y heridos otros siete militares. Batet ordenó entonces el bombardeo de artillería sobre el centro, resultando muertos Jaume Compte, Manuel González Alba y Amadeu Bardina, dirigentes del Partit Català Proletari. Sus compañeros se rindieron a la una y media de la madrugada del día 7 de octubre.


Manuel Portela Valladares, Gobernador  de Cataluña
después de que el Estatuto fuera suspendido 

Como era de esperar, en Cataluña fue suspendido el Estatuto y nombrado un gobernador militar, el coronel Jiménez Arenas, hecho valorado como una humillación por dirigentes del catalanismo de izquierdas, e incluso por los hombres de la Lliga Catalana, que esperaban recibir la administración del Estatuto tras el derrumbe del gobierno de la Generalidad. Para suavizar el régimen militar impuesto a Cataluña, el coronel Jiménez Arenas no tardó en ser sustituido por el político Manuel Portela Valladares, nombrado Gobernador General, que asumió las funciones del presidente de la Generalidad y de su consejo ejecutivo, mientras se incoaba el procesamiento penal contra Companys y sus colaboradores que no huyeron a Francia. Companys fue inmediatamente detenido junto con el gobierno catalán en pleno y encarcelado en el buque Uruguay, fondeado en el puerto de Barcelona, que fue requisado para ser utilizado como prisión. Companys y sus consejeros permanecieron recluidos en el Uruguay hasta el 7 de enero de 1935, cuando fueron trasladados a la cárcel Modelo de Madrid para ser juzgados por el Tribunal de Garantías Constitucionales. El 6 de junio de 1935, Companys y los miembros de su gobierno fueron condenados a treinta años de reclusión mayor e inhabilitación absoluta y perpetua. Posteriormente, Companys y los consejeros Comorera y Lluhí fueron trasladados al penal de El Puerto de Santa María (Cádiz), en tanto que el resto de consejeros eran internados en la cárcel de Cartagena, en donde permanecieron hasta que el gobierno del Frente Popular les concedió la amnistía el 21 de febrero de 1936.


Lluis Companys con su hijo y algunos de sus colaboradores en la Cárcel Modelo de Madrid

Esta es la verdad histórica sin adulterar por esa memoria histérica hoy dominante que solamente proclaman los ignorantes, malintencionados e idiotas de baba que pululan en este Reino de España, vociferantes defensores del derecho a opinar sobre todo lo que no tienen ni puñetera idea, pasando por que la Tierra pueda ser plana, redonda o paralepipédica. De frenopático, vamos.






Lo que eufemísticamente se ha venido designando como “plan plural” consiste en presentarse como solución a un problema que la clase política ha generado para su propio y exclusivo beneficio. El plan Ibarreche se ofreció en su momento como solución a ETA y a su “violencia”. El plan Rovira-Maragall-Montilla, como solución al inexistente clamor popular de más autogobierno y más catalanismo. El plan Zapatero, en fin, como solución al PP y a su aislamiento, a la derechización, a la crispación generada oponía los buenos deseos de paz y el buen rollito, el inmovilismo episcopal lo ligaba al extremismo de una derecha que ni siquiera existe en España, porque mueve a la risa llamar extremista a Rajoy, un pactista por naturaleza con todo lo habido y por haber. Finalmente, el plan de Mas, compendio de todos los anteriores, es, que nadie se engañe, la secesión pura y simple de Cataluña a través de la declaración unilateral de independencia. Ortega se preguntaba: ¿De qué se duele España? ¿Quién se queja? ¿Quiénes se proponen como sus salvadores? Los mismos que la hieren y ofenden”. Sí, pero, ¿quiénes son? El filósofo los señaló con rotundidad ya en el año 1921: “Unos cuantos hombres, movidos por codicias económicas, por soberbias personales, por envidias más o menos privadas, van ejecutando deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional, que sin ellos y su caprichosa labor no existiría”.


D. José Ortega y Gasset

DE LA ESPAÑA INVERTEBRADA

Aunque no hay trazas de que vaya a suceder, los políticos deberían acabar con el gigantesco equívoco del artículo 2º. de la Constitución, por el que se impuso a la nación española que asumiera la existencia de nacionalidades y regiones, lo que, en la práctica, ha terminado convirtiendo a España en un Estado plurinacional que, encima, no reconoce de hecho la soberanía de la nación española. La redacción de dicho artículo se ha convertido en “un semillero de problemas” como advirtió muy sensatamente el senador constituyente Julián Marías cuando se discutía el texto constitucional. Casi cuatro décadas después hay que proclamar y reconocer que el insigne filósofo tenía razón cuando dijo gravemente: “Anuncio desde este momento que se crearán graves problemas si se acepta el término nacionalidades, con ventaja para nadie”.


El filósofo D. Julián Marías

Habiendo empezado a descomponerse por la cabeza, como el pescado, el pudrimiento del Sistema abarca ya la cola, una larga cola de apestados entre los que, pese al linchamiento mediático, el yerno del Rey es apenas una gota en el inmenso océano de la corrupción en el que zozobra la nave del Estado, sin necesidad de que los independentismos catalán y vasco le den la puntilla apuntando sus torpedos a la misma línea de flotación, precisamente en unos tiempos en que a la crisis devastadora que ha desmoralizado a nuestra sociedad se ha sumado el desprestigio de sus instituciones nacionales y el debilitamiento de la credibilidad efectiva que las sustenta.

La amenaza es interna y la solución ha de depender de nosotros mismos, aunque la falta de liderazgo del Gobierno, pese a una mayoría absoluta que no volverá a repetirse, me parece lo más preocupante. La presión europea podrá afectar a las decisiones económicas pero el colapso político de las instituciones hay que resolverlo desde dentro mediante un compromiso de regeneración urgente que no se vislumbra por ningún sitio porque la casta dirigente vive ensimismada en los problemas que ella misma ha ido creando y, lo que es peor, acumulando, a lo largo de las últimas décadas, acentuados por los dos catastróficos mandatos de Rodríguez Zapatero, uno de los peores gobernantes de nuestra Historia Contemporánea.




El dilema que se nos presenta es muy sencillo de plantear: O el sistema político se regenera sitiando el delito político o éste hace fenecer el régimen constitucional, provocando una situación de emergencia similar a la que condujo a Ortega a su aldabonazo político “Delenda est Monarchia” y a proclamar en 1930: “Somos nosotros y no el Régimen mismo; nosotros gentes de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe: ¡Reconstruidlo!."

Que el Reino de los Cielos no sea de este mundo no quiere decir que los españoles tengamos que convertirlo en el Infierno, que parece ser la inclinación de esa horda de bárbaros que rebuznan y se ponen a dar coces si los llamas "españoles". Más todavía que de políticos, España está necesitada de buenos psiquiatras. Y, por supuesto, para los que se desmanden, de legiones romanas. ¡O tempora o mores...!