martes, 10 de marzo de 2015

   11-M: ACERCA DEL MALDITO ASUNTO 

                      DE LA AUTORÍA

                                             
                                              Prefiero volverme loco con la verdad
                                              que cuerdo con las mentiras.

                                                                               Bertrand Russell




Al contrario de lo que pudiera parecer, la tan celebrada sociedad de la información no está sirviendo para despejar las incógnitas existentes en la realidad por medio de la razón, sino contribuyendo a crear nuevos simulacros y creencias erróneas. La opinión pública está absolutamente indefensa ante la avalancha que cada día nos inunda desde periódicos, radios y televisiones y sirve como información lo que no es más que una propaganda tan cuidadosamente elaborada como la que inundaba la Alemania nazi cuando la realidad cotidiana era ofrecida por el todopoderoso Ministerio de la Propaganda regido por Joseph Goebbels, fiel calco del Ministerio de la Verdad descrito por George Orwell en su genial e inclasificable obra “1984”. Vivimos en un sistema controlado desde el poder en el que se exterminan la crítica y los pensamientos independientes, como nunca antes había ocurrido en la Historia, en función de los intereses de quienes pretenden seguir manejando los hilos que rigen nuestro destino para acumular más beneficios y privilegios, dando por supuesto que, encima, seguirán contando con la sumisión general. Basta observar que la atención concedida a la reflexión sosegada, honesta, elaborada con esfuerzo y trabajo, es incluso menor que la que se otorga a las majaderías y soflamas de los innumerables ventrílocuos de turno que acaparan las páginas de los periódicos, las tertulias radiofónicas y las pantallas de nuestras televisiones con sus zafiedades. 



En nuestra sociedad mediática —y mediatizada— por la propaganda se da un tipo muy sutil de censura consistente en una descarada manipulación de la realidad en beneficio de los tópicos admitidos —lo denominado “políticamente correcto”— para obviar (censurar) sus aspectos negativos o las visiones acordes con la realidad. De este modo, la ramplonería intelectual se va renovando para impedir que la gente vea lo que hay, y forzoso es reconocer que los fabricantes de la basura informativa que nos inunda tienen un ominoso éxito. A este respecto, me gustaría distinguir la censura represora directa, propia de las dictaduras y la censura velada correspondiente a los sistemas llamados “democráticos”. La primera la experimenté en mis tiempos de estudiante, cuando empecé a publicar las primeras colaboraciones en los periódicos locales hasta que (con toda cortesía, eso sí) fui avisado de que mis artículos rozaban lo impublicable. La segunda la seguimos padeciendo y soportando todas las voces independientes. ¿Cómo funciona? Manipulando, marginado, idiotizando con prensa amarilla, rosa, televisión basura, libros de usar y tirar y, en cuanto a política interior, seguir al pie de la letra las pautas marcadas por las pocas agencias de noticias que controlan la información. global. Cada vez más, información es igual a subversión. Y al contrario de los medios de comunicación que informan des-informando, la calidad informativa parte de la ignorancia que intenta buscar la verdad: “Tu verdad? / No, la verdad. / Y ven conmigo a buscarla. / La tuya guárdatela... , que escribía Antonio Machado.



No es casualidad que todos las ideologías, que buscan implantar su hegemonía montada sobre criterios únicos, se destaquen por la elaboración de una lista de palabras condenadas y de evidencias prohibidas, en una clara manifestación psico-patológica tendente a excluir esa parte de la realidad que les conviene ocultar para poder ejercer con eficacia su voluntad de controlar cualquier atisbo de opinión libre u organizada al margen de su tutela. Para el objeto que me guía al redactar estas líneas, resulta oportuno resaltar que una de las palabras prohibidas, y hasta execradas desde la mayor parte de los medios de comunicación viene siendo la de “conspiración” referida a la masacre terrorista que tuvo lugar el 11 de marzo de 2004 en los trenes de cercanías de Madrid y de la que ahora se cumple el undécimo aniversario, cuando resulta obvio que es la única palabra pertinente para designar la naturaleza de los atentados, según aparece en el Diccionario de la RAE: “Conspirar: 1. Aliarse varias personas contra alguien o algo. 2. Concurrir varias cosas para un fin determinado”, estimando como sinónimas “intrigar”, “tramar”, “confabularse”.




La cosa tiene miga, ya que derivada de la palabra conspiración, surgió el adjetivo “conspiranoico”, que fue inicial y masivamente aplicado por los voceros de la cadena SER y por los articulistas del diario El País para, en en un primer momento, estigmatizar a los que atribuyeron a ETA la autoría del 11-M, para luego, en un segundo momento, ridiculizar a todos aquellos que se atrevieron a poner en duda la versión oficial elaborada desde las instancias policiales y judiciales, las mismas que atribuyeron al terrorismo islamista la responsabilidad de haber planeado y ejecutado la masacre. El término tuvo inmediata fortuna y fue automáticamente aceptado por esa caterva de descerebrados para la que resulta más fácil sacar a pasear sus carencias neuronales por tierras de Babia, escupiendo de paso a todo lo que se mueva, que reflexionar sobre algunas cuestiones más que elementales, como, por ejemplo, que un “complot” es una maquinación concertada secretamente entre varias personas con la intención de atentar contra la vida, la seguridad de una persona o de una institución” y que una “conspiración” es un complot, una conjura contra los gobernantes que representan al Estado. Y que, siguiendo sus propios razonamientos, tan complot y tan “conspiranoica” es la atribución de la masacre a los islamistas, a los etarras o a cualquier otro oscuro grupo terrorista que llevara a cabo el 11-M. Pero andar de razonamientos con esta gente es perder el tiempo.




De estos conceptos no se puede más que concluir una evidencia elemental: que el primer complot o la primera conspiración relativa al 11-M corresponde inapelablemente a los terroristas, fueran quienes fuesen, que se aliaron secretamente para atentar contra los trenes de cercanías de Madrid y, desde luego, contra la ciudadanía española representada por las víctimas, así como contra las instituciones nacionales, empezando por el gobierno de la Nación. Por eso, no se entiende de ninguna manera por qué no habría de aplicarse el término “conspiranoico” a la conspiración islamista defendida por la Versión Oficial de la masacre y sí a todos aquellos que nos hemos limitado a cuestionar las anomalías, contradicciones y mentiras flagrantes que, derivadas de la instrucción sumarial y de las investigaciones policiales que sirvieron de base a la sedicente “verdad judicial” contenida en la sentencia elaborada por el juez Gómez Bermúdez y consagrada como dogma de fe por la masa acrítica que, como en cualquier parte, es componente esencial de una opinión pública que, para mayor inri, sigue creyendo mayoritariamente que tras el 11-M se esconde una conspiración y que, por tanto, estamos lejos de saber la verdad de lo que entonces sucedió, opinión que es compartida de manera clamorosa por la mayor parte de las asociaciones de víctimas del terrorismo.

Los medios de comunicación españoles tras el 11-M, al igual que pasó con las grandes cadenas norteamericanas con respecto al 11-S, evitaron cualquier discusión abierta que pusiera en tela de juicio la versión oficial de los atentados, tildando de “teóricos de la conspiración” a todos los críticos que empezaron a cuestionar los gravísimos fallos y contradicciones que presentaba desde las primeras e inmediatas detenciones de los sospechosos islamistas, que, encima, eran en su mayor parte elementos “controlados” o confidentes policiales. Para actuar de esta manera descalificatoria, los adictos a la versión oficial pasaron por alto la evidencia de que todos los servicios secretos fueron creados con el objetivo de planificar y llevar a cabo operaciones encubiertas, es decir conspiraciones en favor de una política que se quiere mantener secreta, para cuyo desarrollo se hace imprescindible la colaboración de periodistas y medios de comunicación para ocultar los hechos con simulaciones. 





Quien desee descubrir los manejos de la política y del belicismo hoy imperantes, indefectiblemente transita por los derroteros de la desinformación, ya que la única conspiración evidente es la formada por los ejecutores de estas acciones criminales y sus encubridores mediáticos que, como el gran Dios, tienen el don de la ubicuidad, por lo que están en todas partes. Como dato a tener en cuenta, conviene saber que en EE.UU, cinco grandes grupos privados de comunicación controlan el 90% de los medios. Ellos deciden qué es noticiable y qué no lo es en función de sus intereses, que son exportados a todas las naciones sometidas al vasallaje norteamericano, comenzando por las integradas en la OTAN. El documental de Jean Philippe Tremblay “Sombras de libertad” desenmascara sus manejos para controlar la información y muestra algunas de sus prácticas habituales: censura, corrupción, encubrimiento, intimidación…




Desde el mismo día de los atentados de Madrid, a la luz de los primeros datos que ponen en duda, para un sector de la opinión pública, la hipótesis de la autoría de ETA, defendida inicialmente por el Gobierno de Aznar, y alumbran la posibilidad de que los atentados fueran obra del terrorismo islamista, asistimos a un auténtico carrusel de informaciones y contrainformaciones suministradas, en un grado u otro, por prácticamente todos los actores participantes en el proceso (Gobierno, partidos políticos, medios de comunicación nacionales y extranjeros, servicios secretos, ciudadanos e incluso los presuntos grupos terroristas, tanto islamistas como voceros de la banda ETA), con objeto de señalar la autoría de los atentados, lo cual, a su vez, tendría una obvia influencia sobre los resultados electorales. La manipulación presentaba dos caras bien definidas y contrapuestas: si el atentado era obra de ETA, la opinión pública podía remitirse a los éxitos logrados por el gobierno del Partido Popular en su lucha antiterrorista y proporcionarle su apoyo electoral. Pero si el atentado era obra de Al-Qaeda, el gobierno del PP podría sufrir un fuerte castigo como consecuencia de su ayuda a la invasión anglo-estadounidense de Irak en 2003, que estaría en la base del atentado de los trenes madrileños, una atribución que la sentencia del juicio de la Casa de Campo no recoge, pese a los ímprobos esfuerzos realizados en este sentido desde la Fiscalía del Estado. Como entonces alguien muy explicativamente dijo, nos colocaron ante dos trolas, la una etarra y la otra mora. Que la autoría de los atentados fuese de carácter reversible sirvió para enfrentar a la sociedad española y a sus representantes políticos, al tiempo que distrajo la atención de muchos investigadores por caminos que no llevarían a ninguna parte, porque fueron diseñados como cortafuegos para que las pistas que hubieran podido señalar a a los verdaderos autores fueron eliminadas o absolutamente manipuladas con pasmosa impunidad.      

La exacerbación de esta dicotomía maniquea desde la misma mañana del 11-M, sobre todo desde la aparición de Arnaldo Otegui (portavoz de Batasuna) negando la implicación de la banda terrorista ETA en los atentados, determinó que sobre la voluntad de conocer de manera incontrovertible la autoría de la masacre, prevaleciera el sectarismo partidista que viene dividiendo en dos partes irreconciliables a la sociedad española bajo el trasnochado epítome de “izquierdas” y “derechas” heredado de la Guerra Civil, falacia que no ha hecho más que ganar consistencia a partir del 11-M, cuando mostró en su más cruda realidad el tribalismo cainita que sigue imperando en buena parte de nuestra ciudadanía. En esta España nuestra de nuevos ricos, nuevos demócratas y nuevos europeos campea por sus respetos una ausencia casi general de criterios de valor y si la política del “todo vale” es siempre deleznable, en el campo que atañe a la información contrastada o veraz respecto a los atentados de marzo de 2004 llega a límites tan insoportables como mendaces.



Como dejé escrito en la primera entrada que dediqué en este Blog al 11-M, titulada “Carta a un amigo acerca de los atentados del 11-M”, puedo decir que entre los inmensos movimientos contradictorios del alma humana y, sin duda, también del inconsciente colectivo, se representan tragedias de las cuales la Historia convencional no da cuenta, como por temor a quitarle el sueño a la sociedad con la presentación de ciertos documentos, evidencias o interpretaciones de determinados hechos significativos. Sin embargo, excavar en la historia prohibida es un ejercicio muy sano para el espíritu. Uno se desprende de sus repugnancias ante lo inverosímil, que es una tendencia natural, pero que a menudo paraliza el conocimiento. En mi opinión, los acontecimientos tienen a menudo razones de ser que las razones del momento desconocen, y las líneas de fuerza de la Historia pueden ser tan difíciles de ver y al propio tiempo tan reales como las fuerzas de un campo magnético. Por eso, coincido con el filósofo racionalista René Descartes en que “para examinar la verdad es necesario, al menos una vez en la vida, poner todas las cosas en duda tanto como podamos”. No obstante, la evidencia de tan sabio aserto ha de enfrentarse al proceso de “jibarización” mental derivado de la instrumentación de la información por parte de los grupos detentadores del poder global, posible gracias a los casi infinitos recursos que brinda la tecnología informática puesta al servicio de los gobiernos y de sus Servicios de Inteligencia, así como a la extraordinaria concentración en muy pocas manos de las grandes agencias de comunicación globales, que manipulan permanentemente a la opinión pública, fomentando de manera interesada unos de los mayores males que acechan el conocimiento razonado de las cosas: la simplificación.




Estoy de acuerdo con Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura del año 2000, cuando diagnosticó que la simplificación es la enfermedad más extendida de nuestro tiempo. La peor. Esa manía de simplificar, de reducir. Explicar en dos palabras lo que no cabe decirse en dos palabras puede llegar a ser el peor de los engaños. Las cosas tienen la complejidad que tienen, complejidad que no debe sustraerse a la hora de informar con veracidad. Esa tarea reduccionista constituye una prostitución que es contraria al concepto mismo del verbo “informar”. Para manipular la realidad ya está la televisión. Desde esta perspectiva se explica que la profunda complejidad que subyace en la base misma de los atentados del 11-M haya sido y lo siga siendo tan difícilmente accesible para la inmensa mayoría e, incluso, para muchas personas mejor formadas, pero que han abordado el espinoso asunto de la autoría intelectual de la masacre, convertida en tabú desde la misma hora en la que fue derramada en las estaciones de Madrid la sangre inocente de las víctimas, sin adentrarse en el contexto histórico que le sirve de ineludible marco de referencia, que no puede ser otro que el definido por el despliegue global del falso terrorismo islamista "made in USA" desplegado a escala global a partir de los atentados cometidos el día 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Center de Nueva York y en el edificio del Pentágono de Washington.



Llegar a esta conclusión no ha sido para mí tarea fácil, sino que me ha llevado largas cavilaciones, incansables lecturas de libros acerca del terrorismo islamista, de ensayos sobre Historia Contemporánea, de consultas en archivos y series documentales más o menos accesibles y, por supuesto, de la profunda experiencia personal que supuso para mí conocer de manera directa la realidad siria anterior al horrible proceso destructivo que viene padeciendo desde marzo de 2011, absolutamente incompatible con la mentirosa versión que los medios de comunicación occidentales nos vienen ofreciendo del holocausto sirio, al que he dedicado en mi Blog cerca de veinte entradas. Pero todo esto vino después. Primeramente fue el 11-M y mi dedicación por conocer hasta el fondo la verdad última de lo que entonces sucedió, tanto por un inexcusable deber de justicia hacia las víctimas de la masacre y de indignación ante el simulacro de investigación policial que tuvo lugar como para satisfacer la insatisfecha curiosidad intelectual que alimenta mi pasión por el conocimiento, convencido como estoy de la profunda verdad contenida en una frase de Vicente Aleixandre, nuestro casi desconocido Premio Nobel de Literatura: “es estar engañados estar más muertos”, convicción que casi he llegado a convertir en el lema personal que guía esta etapa última de mi vida, una vida de la que, con todas las equivocaciones inherentes a la naturaleza humana, puedo decir que he huido, tanto como me ha sido posible, del engaño a terceros como del autoengaño, que suele ser el padre de la mayor parte de las traiciones y deserciones humanas. No obstante, como ya he dejado dicho, todo esto ha venido después de que se produjera en mí el interés inicial que me llevó a dedicar tantas horas de mi vida a reflexionar e investigar acerca de la verdadera realidad que subyace bajo el 11-M y sus aberrantes implicaciones armado exclusivamente con mi bagaje de historiador.




Pese a ser cierto que, como dejó escrito el sabio Goethe, “los acontecimientos venideros proyectan su sombra por anticipado” o, dicho de otro modo, que para comprender plenamente el presente hay que ser contemporáneo del futuro, en la metodología utilizada por la ciencia, que es la compartida por cualquier investigador de la Historia, no es posible a adelantarse a los hechos, sino que lo máximo que nos es dado está en valorarlos correctamente para extraer las conclusiones provisionales que iremos modificando en función de lo que el presente en el que vivimos instalados nos vaya deparando. Con esto quiero referirme a que cuando me enfrenté al 11-M como fenómeno histórico contemporáneo a desvelar estaba muy lejos de comprender un hecho capital: que el ataque a los edificios del World Trade Center y al Pentágono supuso cruzar el umbral de una nueva era de nuestra Historia Contemporánea, cuidadosamente teorizada, planificada y hasta divulgada con muchos años de antelación a la comisión de los atentados de Nueva York y Washington. De haberlo visto entonces, rastrear la autoría de nuestro 11-M habría sido una tarea mucho más fácil.




En los comentarios correspondientes a la entrada del 8 de noviembre de 2013, me pareció conveniente dejar muy claro que el criterio utilizado para redactar estas entradas sobre el 11-M ha sido y será la del historiador que soy y que, por lo tanto, no descubro en ellas nada nuevo: trabajo con material conocido, aportado por otros y hasta publicado. El trabajo del historiador no es el de los cuerpos policiales que investigan sobre el terreno las pruebas existentes para descubrir la autoría de un determinado delito. Su tarea es la de revelar interpretaciones mejores y más explicativas de los hechos que selecciona, que, por así decirlo, rescata de aguas turbias o interesadamente enturbiadas, para devolverles lo que resulta más valioso, su auténtico significado en una trama todo lo abarcadora que sea posible. Los profanos en Historia suelen creer que los hechos hablan por sí solos. Es falso, por supuesto. Los hechos sólo hablan cuando el historiador apela a ellos: él es quien decide a qué hechos se da paso, y en qué orden y contexto hacerlo. Fue un personaje de Pirandello quien dijo que un hecho es como un saco: no se tiene de pie si no metemos algo dentro. Y ese algo es el desarrollo razonado de las hipótesis que durante su investigación el historiador va formulando y perfilando conforme cobran consistencia y probabilidad.

Como cualquier investigador científico, el historiador es necesariamente selectivo. La creencia en un núcleo óseo de hechos objetivos con independencia de la interpretación del historiador es una falacia absurda, pero dificilísima de desarraigar. La condición de hecho histórico relevante depende siempre de una cuestión de interpretación. El investigador de la Historia (de las muchas historias de la Historia) debe acercarse al objeto de su estudio revestido de humildad, de una necesaria ignorancia, tanto mayor cuando más se aproxima a su propia época y, sobre todo, cuando examina sucesos que le son contemporáneos. Le incumbe la doble tarea de encontrar los pocos datos relevantes y convertirlos en elementos válidos para su interpretación, descartando los muchos datos carentes de importancia, que sólo servirán para perder el norte de su investigación.




Con estas reflexiones, quiero que se comprenda lo fácil que resulta manipularlo todo, sobre todo cuando existen intereses sobrados para que determinados sucesos nunca sean aclarados y lo proclive que son las masas a ser conducidas o manejadas, ya que, en general, sus creencias no son reflexivas, sino simplificadoras, sencillamente porque abordar la complejidad exige preparación intelectual, mucha dedicación, tiempo y una voluntad férrea de mantenerse ajeno a mediatizaciones interesadas. Cosas todas que pertenecen al ámbito de lo individual, jamás al de lo colectivo. Por no estar vinculado a partido político, ideología o grupo religioso alguno, puedo ejercer en este Blog mi oficio de historiador con entera libertad y sin otro compromiso que el de interpretar la realidad conforme la voy descubriendo. Hasta que me dejen, porque, como puede verse, escribo con mis señas de identidad por delante. Como debe ser.

Desde mi punto de vista independiente quiero dejar constancia de que quien crea que el 11-M está juzgado y sentenciado para siempre en la Historia con el cierre en falso de una comisión parlamentaria y una sentencia judicial llena de contradicciones y falsedades, habrá que llamarle inmoral con toda propiedad, pues quien ignore u oculte el grito de dolor de las víctimas, su "queremos saber", está colaborando no sólo a la muerte de la democracia en España, sino contribuyendo a que nuestra civilización entera se encuentre metida en mortales enfrentamientos bélicos que pueden conducirnos a una catástrofe sin precedentes.

El mensaje de la sentencia dictada por el tribunal del 11-M, presidido por Javier Gómez Bermúdez, no pudo estar más claro: el funcionamiento de los aparatos del Estado no se discute, su Policía ni se toca y los Servicios Secretos son como los ectoplasmas de los espiritistas, que sólo aparecen si los convoca el médium autorizado por la Autoridad Competente. Y pobre del que lo haga, porque será sometido a escarnio público y el rebaño entero lo pondrá en la picota por extraordinario delito de no conformarse con las mentiras flagrantes que sirvieron para fabricar la verdad "oficial" de lo que sucedió aquel funesto jueves de marzo de 2004. ¡Qué gratificante para muchas conciencias resguardarse con una “verdad legal” que suplante la verdad real!, y todo para que la Justicia que soportamos salga fortalecida y que las dos principales fuerzas políticas españolas queden tan empatadas y exoneradas de toda responsabilidad como libres para seguir apostando por ocupar el Poder, sin tener que preocuparse en esclarecer cual fue la mano criminal responsable de la sangre que se derramó en Madrid.




No he basado en ideas apriorísticas mis análisis, algo que el historiador debe evitar, sobre todo cuando se enfrenta a acontecimientos inmediatos. Expongo y analizo hechos que pueden ser confirmados por cualquiera que tenga interés en dedicar su tiempo a verificarlos. Pero la metodología lógica y analógica no deja de ser la misma que es empleada en todas las disciplinas científicas. Así como el médico elige los síntomas que considera más idóneos para llegar a su diagnóstico, el historiador elige los hechos significativos que utiliza para analizar una determinada realidad y los interpreta según su bagaje y su capacidad para explicarlos de manera coherente y lógica. Lo cual no quiere decir que sea la única posible. En este criterio metodológico me remito a Popper y a su principio de falsabilidad, por el cual siempre cabe elegir otras series de hechos que sirvan como elementos de contradicción.

Las conclusiones derivadas de la lectura de los once artículos que he dedicado en este Blog al 11-M no conducen a atribuir su autoría a instancias supranaturales ajenas a los procedimientos de investigación habituales, basados en los principios de causalidad e interpretación lógica usados instrumentalmente en la investigación histórica, que es el marco obvio en donde debe encuadrarse la masacre de los trenes de Madrid, su antes y su después. Porque, como alguien escribió “después del 11-M, en España todo es 11-M”.

En nuestro mundo nada ocurre por casualidad: el azar es solamente la medida de nuestra ignorancia. Las circunstancias que determinan los hechos históricos de una magnitud semejante a la masacre de Madrid están enraizadas en el sustrato mismo de nuestra realidad contemporánea, que, en nuestro ámbito mediterráneo y europeo vienen dadas por el control atlantista que, a su vez, es el instrumento usado por los poderes de Washington para imponer su orden imperial, en el que, para hablar con propiedad, no cabe referirse a “aliados”, sino a “vasallos”. Como ya dejé escrito hace siete años en el Blog de Luis del Pino, en el planeamiento y en la ejecución del 11-M no hay lugar para odios partidarios ni deseos de venganza desbordados. No se trata de una vendetta siciliana. No nos equivoquemos: estamos ante otra cosa. En un golpe de semejante envergadura sólo hay intereses en juego, intereses enormes vinculados a un estrategia terrorista global. Nada más y nada menos. En su planificación se procedió con una frialdad glacial, sabiendo plenamente a lo que se estaba jugando y que, por eso mismo, los riesgos debían  ser minimizados al máximo. Se trataba de no dejar huellas, o que las que quedasen condujeran a conclusiones equivocadas o a callejones sin salida, por inconexas con la gran trama, la trama única, aunque ésta pueda aparecer ante nuestra vista desdoblada en planes o variantes superpuestas. La conspiración de silencio que lleva protegiendo los secretos de los atentados de marzo de 2004 es de ámbito internacional, al menos por la importancia de los poderes encubridores. Así pues, y pese a que la operación de inteligencia que está detrás de la voluntad de abortar cualquier investigación veraz de lo que sucedió, así como de sus antecedentes, su gestación y las motivaciones que determinaron su planeamiento y ejecución en las vísperas de unas elecciones generales sea de exclusiva autoría española, para justificar que la tapadera de silencio no haya estallado es preciso echar mano a la connivencia de otras “inteligencias” que, por sus ámbitos de actuación, son de más allá de nuestras fronteras”.




Al 11-M he dedicado en este Blog once artículos encadenados, en los que he ido delimitando un escenario de actuaciones y unos comportamientos geoestratégicos del poder estadounidense que vienen repitiéndose, con ligeras variantes, desde el fin mismo de la Segunda Guerra Mundial, que perduran en nuestros días y cuyo vertiginoso incremento desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 al World Trade Center y al Pentágono, encuentra en nuestros días sus manifestaciones más alarmantes y esclarecedoras en las “guerras por encargo”, presentadas como guerras civiles”, que tienen lugar en Siria y Ucrania, a cuyo análisis he dedicado tantas entradas. Mi atención a Siria viene dada por mi personal conocimiento del país, de su historia reciente, de las peculiaridades de su régimen, de su realidad socio-política, del carácter de sus gentes, las visiones del Islam profesadas en su ámbito y hasta del ambiente de sus pueblos y ciudades. Con esto quiero resaltar que también en el estudio y análisis de los acontecimientos que vienen ensangrentado Siria y Ucrania hay elementos comunes a los atentados presuntamente islamistas, al menos para la información oficial y manipulada que se nos sirve, que tuvieron lugar en Nueva York, Madrid, Londres y recientemente el cometido en Paris contra la redacción del semanario Charlie Hebdo, cuyo operativo fue dirigido por la Inteligencia francesa con tan esperpénticos resultados. Con ellos, nuestro mundo sigue la tenebrosa andadura marcada por el proyecto llamado The New American Century o Hacia un Nuevo Siglo de Hegemonía Estadounidense, cuya implantación a sangre y fuego comenzó el 11 de septiembre de 2001, punto de salida para el “Nuevo Orden Mundial” anunciado por el presidente Bush, para cuya caracterización he recurrido en estas páginas a lo que en el ámbito de la Física se conoce como “complementariedad circular”, dada la multiplicidad de hechos asociados que es preciso investigar para llegar a aproximaciones lo suficientemente aceptables.





Las buenas películas tienen el efecto de inducir a que el espectador acepte como verdad lo que le muestra la pantalla: ni los anacronismos ni las fantasías más desbordantes consiguen acabar con esa "sensación de verosimilitud" que desprenden las películas realizadas por buenos actores y directores. Mas, sin embargo, cuando una película es mala, cuando el guión aparece forzado, cuando se producen en la trama casualidades inexplicables para apuntalar la historia o, simplemente, cuando la puesta en escena no está suficientemente elaborada, la incredulidad aflora en el espectador y éste comienza, casi sin quererlo, a fijarse en los fallos del guión. Y la tradicional finura francesa brilla por su ausencia en el espectáculo que nos brindaron la Policía y los Servicios Secretos franceses con la burda realización del atentado al semanario Charlie Hebdo, similar en tantísimos detalles al cierre del expediente de los atentados del 11-M madrileño con la farsa de los "suicidados” del piso de Leganés, en donde la tramoya del montaje asoma de tan estridentes maneras. 


El piso de Leganés

Que los dos supuestos islamistas autores de la masacre de Paris fueran identificados porque uno de ellos dejó olvidado su documento de identidad en el coche que utilizaron para huir es tan difícil de digerir como la identificación de los suicidados de Leganés por los despojos sin dedos con los que verificar las huellas y, encima, sin que se efetuasen las autopsias legalmente preceptivas a los restos aparecidos entre los escombros. ¿No dice la versión oficial que esos terroristas de Leganés se suicidaron en torno a las nueve de la noche, haciéndose estallar? Entonces, ¿para qué molestarse en hacer las autopsias con el fin de determinar la hora de las muertes y las causas de la mismas? De pasmo, oiga. Casi tan alucinante como que la identidad de Mohamed Atta, el presunto terrorista egipcio que pilotaba el primero de los aviones que se estrellaron en el World Trade Center de Nueva York pudiera ser establecida gracias a que fue encontrado su pasaporte en los calcinados y más que pulverizados escombros de la Zona Zero, incandescentes durante muchísimos días.

Quien esté familiarizado con los toscos detalles de los montajes usados una y otra vez en esos atentados islamistas, que vienen repitiéndose desde el 11-S con acelerada frecuencia, será capaz de reconocer, gracias a una cierta regularidad en el modo de proceder los investigadores para fabricar la versión oficial, la operación encubierta que representan, al menos de forma aproximada. 

Fernando Múgica, Luis del Pino, Ignacio López Brú y todos los investigadores independientes que se han enfrentado a la fenomenología vinculada al 11-M, al igual que ha ocurrido con los muchos analistas, fundamentalmente norteamericanos, que han volcado sus esfuerzos en la investigación de los atentados del 11-S al Word Trade Center y al Pentágono, han tenido que enfrentarse a un doble reto: rastrear las pistas de los verdaderos atentados causados por las criminales acciones y, por otra parte, identificar las pistas falsas colocadas y alimentadas desde instancias gubernamentales sobre ellos para sustituirlos por simulacros. En lugar de resolver un solo rompecabezas en el que las versiones oficiales han pretendido encajar todas las piezas en una sola imagen, ha sido preciso enfrentarse a dos imágenes superpuestas. Una imagen reproduce los atentados tal como ocurrieron, mientras que la otra reproduce los atentados elaborados y destinados a sobreponerse a los verdaderos atentados para ocultarlos lo más completamente posible. En mi opinión, ambas tareas han sido satisfactoriamente resueltas en las dos series de atentados. Por eso, y en lo que concierne a nuestro 11-M, la asignatura pendiente está en arrojar nueva luz sobre el maldito asunto de la autoría, sobre la que resulta arriesgado pronunciarse ¡a los once años de haberse cometido la masacre!




Las diversas entradas que he venido dedicando en mi Blog a los atentados de 11 de marzo de 2004 no las elaboré siguiendo un plan concebido de antemano, sino que en ellas fui abordando diversos aspectos de la enmarañada fenomenología que pertenecen a lo que podríamos llamar, en una formulación teórica tomada de la Física, “el orden implicado” en los atentados. Porque debajo del «orden desplegado» (explicate realm) hay un «orden implicado» (implicate realm), en el cual los diversos elementos que lo integran encuentran su razón de ser, su verdadera realidad y su explicación en el orden del conjunto del cual forman parte. He vuelto a repasar mis entradas del Blog dedicadas al 11-M y creo que desde la perspectiva que acabo de exponer es posible para cualquier lector no avisado llegar al un entorno explicativo muy próximo a la realidad prohibida que con tantos y continuados esfuerzos pretenden ocultarnos desde las instancias del poder, con la complicidad manifiesta de los medios de comunicación a su servicio. Y esa realidad no es otra que la expresada por Fernando Múgica, Luis del Pino e Ignacio López Brú en sus investigaciones y que reaparece por aquí y por allá a lo largo de mis artículos: que estamos ante un atentado terrorista de falsa bandera, organizado y ejecutado por un comando militar dependiente de un Servicio de Inteligencia extranjero con puntuales conexiones internas, que fueron alertadas (después de cometida la masacre) para conseguir la ocultación de la autoría.




Luis del Pino, gran investigador y autor de varios libros sobre los atentados de Madrid, dejó escrito el 4 de junio de 2007 que "el 11-M fue una elaborada operación de inteligencia, precedida de una serie de acciones tendentes a asegurar la campaña de desinformación que debía servir para aprovechar el atentado y seguida por una auténtica obra maestra de intoxicación, con colocación de pruebas falsas incluida, que habría de valer para ocultar la verdadera autoría de los atentados". Fernando Múgica llega a puntualizar un detalle más cuando afirma que su tesis contempla “un asunto islamista de verdad, es decir, utilizar a los islamistas para una conflagración mundial, ideológica, que es lo que fue el 11-S y luego el 11-M”. Es esta vinculación estratégica global la que caracteriza la totalidad del orden implicado en el que los atentados muestran tanto su génesis como su complementariedad y su sentido final. Lo cual reduce el círculo de la autoría a su expresión mínima. ¿O no?




Si analizamos con el rigor histórico el rosario de guerras interminables declaradas o promovidas por Estados Unidos a partir del 11 de septiembre de 2001, que tienen como escenario Afganistán, los países del Oriente Medio, zonas muy concretas de África y más recientemente Europa del Este (Ucrania), no es difícil concluir que la totalidad que las engloba, así como la matriz en la que se originan y desarrollan está en el Proyecto para un nuevo siglo de hegemonia estadounidenseque el equipo del presidente George W. Bush había dejado por escrito en fábricas de ideas y círculos de debate antes de llegar a la presidencia, compuesto por un consorcio de thinks thanks conservadores, sustentados por los contratistas de la industria armamentística, por las grandes corporaciones vinculadas a los negocios del petróleo, del gas y de las materias primas, así como por las sociedades dueñas de ejércitos mercenarios privados vinculados al Pentágono y a las innumerables agencias secretas que extienden sus redes por todo el mundo.




Hasta pocos días antes del 11 de septiembre de 2001, los talibanes eran interlocutores válidos para un Gobierno de EE.UU. que buscaba encontrar el régimen estable para Afganistán que garantizase la construcción de un gaseoducto hacia el Océano Índico. Detrás de su trazado se encontraba precisamente la Administración Bush, que por todos los medios deseaba evitar la construcción de los óleo-gaseoductos a través de territorio ruso o iraní. Pero la solución impuesta por el 11-S fue mucho más allá: con el pretexto de la lucha antiterrorista global, los estrategas de Washington se lanzaron a la enorme y peligrosa tarea de reestructurar el panorama militar, político y económico en las zonas petrolíferas del mundo islámico no solo del Oriente Próximo, sino también en las señaladas para emplazar nuevas bases militares en puntos geopolíticamente estratégicos del eje que parte de la zona centro-sur de Eurasia y que, cruzando el Mar Negro, desciende hacia el Cáucaso y el Mar Caspio para dirigirse a Irán, el Golfo Pérsico y desde allí a las zonas petrolíferas de la Península Arábiga, siguiendo las líneas maestras diseñadas por Zbigniew Brzezinski en la década de los noventa en su libro "La única superpotencia: la estrategia para una hegemonía de los Estados Unidos". No hace falta más que mirar el mapa para constatar que tanto Ucrania como Siria se encuentran en esta franja, lo que basta para explicar que hayan sido elegidas por Washington para convertirse en blancos de las acciones desestabilizadoras más destructivas y peligrosas para la paz mundial llevadas a cabo en las últimas décadas.     

Salta a la vista que el objetivo de "la única superpotencia" no se limita exclusivamente a controlar las riquezas del subsuelo. Según la concepción de la estrategia que se encuentra detrás de esta política, la apuesta por el poder global debería ser tal que EE.UU. no tenga otro competidor geopolítico en un tiempo previsible. Así lo determinó el núcleo duro en torno a Bush con respecto a la ampliación y afianzamiento de un nuevo siglo de hegemonía estadounidense, que marcó su inicio con el dantesco espectáculo causado por los atentados de Nueva York y Washington.           




Este conjunto de enormes intereses económicos perfectamente identificado por sus actuaciones globales ya fue denunciado por Dwight Eisenhower en su discurso de despedida a la nación el 17 de enero de 1961, al final de su periodo como presidente, en unas frases que se harían célebres: “Debemos protegernos contra la adquisic de una influencia injustificada, sea buscada o no buscada, por parte del complejo industrial-militar. El potencial de un desastroso auge de poder inadecuado existe y seguirá existiendo. Nunca debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestra libertades o procesos democráticos. No podemos dejar nada por sentado. Solo una ciudadanía alerta e informada puede obligar a la unión apropiada de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa con nuestros métodos y objetivos pacíficos, de modo que la seguridad y la libertad puedan prosperar juntas”.

Una preocupación hipócrita hecha para la galería si examinamos su periodo de gobierno, que ya había sido criticada con mayor rotundidad por el General Douglas MacArthur en un discurso pronunciado diez años antes, el 15 de mayo de 1951: “Que nuestro país vaya ahora encaminado hacia un modelo de economía basada en las armas es parte del modelo general de una política desacertada, alimentado con ayuda de una psicosis, inducida artificialmente, de histeria de guerra y nutrida a partir de una propaganda incesante alrededor del miedo.” Porque, efectivamente, el miedo es la clave.




Poco más de medio siglo después, la terrible realidad para el propio pueblo americano, que soporta en primera instancia los enormes gastos militares de su Gobierno, y para el mantenimiento de la paz mundial es que estos intereses son los únicos que determinan hoy la política exterior e interior de la primera potencia global, en la que el salvaje incremento en los gastos de “seguridad nacional” ha sobrepasado todas las previsiones desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, con la tenebrosa consolidación de un “complejo industrial de inteligencia” que prolonga sus tentáculos a través de numerosos ejércitos privados mercenarios más aptos para los actos de sabotaje que para las guerras declaradas, propiedad de influyentes grupos de presión vinculados al Pentágono, así como por medio de las numerosas agencias secretas permanentemente creadas y a través de las grandes corporaciones vinculadas a la Administración estatal, cuya industria principal es la fabricación y exportación de guerras allá donde convenga para consolidar la hegemonía del Imperio que tiene a Washington por capital y utilizarlas en beneficio de sus dueños y administradores.

A pesar de que los grandes responsables de la administración Bush, empezando por el propio presidente, se apresuraron a declarar inmediatamente después del 11-S su absoluto desconocimiento de la terrible amenaza que se estaba gestando, en poco tiempo publicaron los nombres de los autores de los atentados y en un santiamén se inculpó como responsables a Osama Bin Laden, que residía en Afganistán, y al dictador de Irak, Sadam Hussein, al que señalaron como promotor de Al-Qaeda. A pesar de la falta de pruebas, en pocos días el Gobierno de EE.UU. declaró una “guerra mundial” contra sesenta Estados presuntamente favorecedores del terrorismo islamista, enumerados por el vicepresidente Dick Cheney, quien horas antes de los atentados ya se había declarado partidario de una intervención en Irak “por razones humanitarias”. Pero los planes que los altos funcionarios de la Administración estadounidense habían urdido y dejado por escrito mucho antes del 11 de septiembre de 2001 tenían como objetivo afianzar un siglo de hegemonía mundial de EE.UU., evitar el ascenso de potencias competidoras en el continente euroasiático y asegurarse el libre acceso a los yacimientos petrolíferos y de gas natural, de vital importancia estratégica para consolidar en régimen exclusivo el poderío global de Washington y el de las grandes corporaciones e intereses financieros a él vinculados.




Dr. Andreas von Bülow

En su libro “La CIA y el 11-M. El Terrorismo internacional y el papel de los Servicios Secretos”, el Dr. Andreas von Bülow, miembro que fue de la Comisión de Servicios Secretos del Bundestag, Secretario General del Ministerio de Defensa de 1976 a 1980 y entre 1980 a 1982 Ministro de Investigación y Tecnología de la República Federal de Alemania, explica que “según la concepción de la estrategia que se encuentra detrás de esta política, la partida por el poder global debería ser tal que EE.UU. no tenga otro competidor geopolítico en un tiempo previsible. Así lo determinó el núcleo duro en torno a Bush con respecto a la ampliación y afianzamiento de un nuevo siglo de hegemonía estadounidense”.

Creo oportuno manifestar que la lectura del citado libro del Dr. Von Bülow ha supuesto para mi un formidable espaldarazo, ya que, después de haber dedicado varios años a investigar la autoría de los atentados del 11 de marzo de 2004 en los trenes de cercanías de Madrid, llegué a conclusiones análogas a las expuestas con claridad inaudita por el citado autor con respecto a los atentados del 11-S estadounidense. Mis apreciaciones, reforzadas con los resultados más recientes derivados de nuevos análisis acerca de las agresiones “por encargo”, que bajo la falsa apariencia de guerras civiles, viene promoviendo la CIA y el Pentágono en Siria y Ucrania, encuentran su más justa y esclarecedora síntesis explicativa en las páginas del formidable ensayo del Dr. Von Bülow.




Cuando compareció ante el Congreso, el presidente Bush habló de una larga campaña militar que a partir de entonces era imprescindible llevar a cabo, exhortando al mundo entero a participar en la inminente guerra. De inmediato el Gobierno así como los medios de comunicación hablaron de un nuevo Pearl Harbor, de una guerra mundial contra el terrorismo que cambiaría de raíz todas las convenciones de política internacional válidas hasta entonces. El Gobierno de Bush exigió tanto a su propio país como a las naciones extranjeras una adhesión casi incondicional, mientras que el presupuesto militar anual pasó de 300a 400 mil millones de dólares. El mensaje lanzado por Bush fue tan simple como contundente: O con nosotros o con los terroristas. El atentado de Madrid fue el siguiente cometido con la finalidad que el mismo Bush expresó con toda claridad antes siquiera que aparecieran en Leganés los presuntos autores islamistas: “Los asesinatos en Madrid nos recuerdan que el mundo civilizado está en guerra”.




Puede que de tanta amenaza y de tanta falsedad premeditada solamente la referencia a Perl Harbor tuviera que ver con la realidad consistente en en antes de realizar una campaña militar estadounidense siempre acontecen unos actos cruentos que son inaceptables, asaltos, atentados insidiosos, salvajes guerras civiles que sirvan de base a “intervenciones humanitarias” o desmanes con ciudadanos o propiedades americanas. De este modo se puede acudir a la estrategia de la lucha del Bien para vencer el Mal. Esto ya sucedió en Pearl Harbor cuando el presidente Roosevelt y los jefes del Estado Mayor estaban perfectamente informados del inminente ataque japonés gracias a los reconocimientos radiofónicos de los mensajes cruzados entre los militares japoneses cuyo código secreto había sido descifrado. En esa ocasión murieron dos mil soldados estadounidenses, pero su sacrificio no fue vano: sirvió para desbordar el torrente de indignación popular con motivo del cobarde asalto en época de paz, que fue masivamente alimentado por los medios de comunicación, barriendo de un manotazo la oposición masiva del pueblo americano a que su país entrara en la Segunda Guerra Mundial.








Una repetición de lo que ya había ocurrido en 1898, cuando el magnate de la prensa sensacionalista William Randolph Hearst, uno de los principales imperios mediáticos del mundo, convenció a la mayoría de los estadounidenses, con la complicidad del ya entonces influyente Secretario de Marina, Theodore Roosevelt, de la culpabilidad de España respecto a la voladura del acorazado Maine, fondeado en el puerto de La Habana, sin esperar el resultado de las investigaciones en curso: era el pretexto que necesitaba el naciente imperio estadounidense para apoderarse de los últimos territorios ultramarinos de la Corona Española. De este modo comenzó una escandalosa y agresiva campaña orientada a que el pueblo norteamericano presionara a su Gobierno para que declarase la guerra a España, que terminó decretando el presidente William MacKinley. No cabe duda de que los gobernantes de Estados Unidos buscan y siempre encuentran la prueba que ellos mismos han fabricado para atacar a quien les convenga.


Theodore Roosevelt y su "Política del Gran Garrote"

Cuando Theodore Roosevelt declaró sin ambages: "Yo doy la bienvenida a cualquier guerra y creo que los EEUU necesitan una", expresó la misma voluntad bélica que los autores del documento Hacia un Nuevo Siglo de Hegemonía Estadounidense anteriormente citado, cuando explícitamente parten de la premisa vergonzante de que la aceptación de los enormes incrementos del gasto en asuntos de la Defensa, incluyendo las cargas fiscales impuestas a la población, llevaría un largo tiempo a no ser que se produjera un nuevo Pearl Harbor. Por eso puede afirmarse que el 11-S resultó un regalo providencial para que los grupos militaristas que rodeaban a Bush pusieran en práctica sus planes de manera inmediata. En un párrafo anterior he dejado dicho que de haber conocido todas estas cosas cuando dos años y medio más tarde ocurrieron en Madrid los atentados del 11-M, el trabajo de investigar la autoría de la masacre habría sido una tarea mucho más fácil.


Las declaraciones de Francesco Cossiga, ex-presidente de la República Italiana fueron terminantes y merecieron titulares a toda plana, ¡pero no en El País!

                        Ex-Italy President:11-S Was CIA/Mossad Operation


Antes de poner el punto final a estos párrafos escritos en el undécimo aniversario de los atentados de Madrid, quiero hacer dos consideraciones a mis lectores. La primera es que la presente entrada, aunque puede leerse y resulta entendible con independencia de las otras que he venido dedicando a los atentados de marzo de 2004, es complementaria de todas y de cada una de ellas, porque la he redactado para que, al mismo tiempo, sirva de nexo de unión y de denominador común a la serie titulada “EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA”, de tal manera que el conjunto constituya una especie de holograma en el que está contenida la respuesta que puede dar un historiador acerca de la autoría y los motivos últimos que determinaron la comisión de los atentados de Madrid. Y este hecho, para mi insoslayable, nos obliga a admitir que bajo el 11-M late una verdad mucho más terrible, directamente vinculada a la situación geoestratégica mundial de guerras provocadas para implantar el Nuevo Orden Mundial decidido por Washington y definido en el proyecto “Hacia un nuevo siglo de hegemonía estadounidense”, la única matriz capaz de admitir, sin forzamiento alguno, una operación terrorista de tan enormes características cometida en un suelo vigilado hasta el último rincón por los servicios de inteligencia de medio mundo, empezando, como es natural, por los estadounidenses y su Red Echelon dependiente de la NSA. Echando mano a una redundancia, es evidente de toda evidencia que no existe en este planeta un Servicio de Inteligencia capaz de llevar a cabo un atentado de la dimensión del 11-M en un país de la OTAN sin el permiso o la colaboración de los Servicios Secretos estadounidenses, que no sean los propios servicios secretos estadounidenses, se trate de la CIA, de los grupos operativos del Pentágono o de cualesquiera de las miles de agencias secretas dependientes del Gobierno de Washington.            




Aunque las coordenadas globales en las que es preciso enmarcar el 11-M aparezcan bien definidas, soy consciente de que cabe explicitar más todavía algunas claves políticas y geoestratégicas locales vinculadas a nuestro entorno europeo que tienen que ver con la decisión consistente en que en marzo de 2004 fuera elegida la capital de España como fatal escenario para cometer un falso atentado islamista en Europa. Pero responder a esa problemática alargaría esta entrada más de lo deseado, por lo que no descarto abordar la cuestión más adelante.

Por último, en función de la complementariedad circular u holográfica a la que me he venido refiriendo, reproduciré los enlaces de las entradas dedicadas en este Blog a los atentados del 11-M.

CARTA A UN AMIGO ACERCA DE LOS ATENTADOS DEL 11-M


11- M: LA BURDA TRAMOYA DE LOS EXPLOSIVOS ASTURIANOS

11-M: SAGA-FUGA DEL MAYOR ATENTADO DE NUESTRA HISTORIA

EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA. 1. El Gran Hermano

EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA. 2. Trama Gladio: los asesinatos de Carrero Blanco y de Aldo Moro

EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA. 3. Red internacional de mentiras

EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA. 4. La gran trampa: un atentado con freno y marcha atrás

EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA. 5. La autoría reversible

EL 11-M Y LOS SERVICIOS DE INTELIGENCIA. 6. A la sombra de las Torres Gemelas

11-M: La semilla del Diablo